domingo, 25 de marzo de 2012

Hace 100 años. Badajoz 1912

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Vamos a dar un paseo, abriendo nuevamente una pequeña ventana al pasado y vamos a echar un vistazo al Badajoz de hace 100 años. El Badajoz de 1912, año del hundimiento del Titanic y año en el que por primera vez se atreve un hombre a tirarse en paracaídas de un avión.

Para ello vamos a acompañar al redactor y al fotógrafo de la revista “La Ilustración Española y Americana” que nos visitaban este año.

El que será autor del consiguiente artículo contando la visita, fue el escritor y periodista cordobés Marcos Rafael Blanco-Belmonte. El artículo será publicado el 22 de agosto de 1912, aderezado con los fotograbados de Alfonso Ciarán.

En esta ocasión no vamos a interrumpir la narración de Blanco-Belmonte, notable poeta y uno de los mejores cuentistas españoles, para sumergirnos en su prosa, que dedica en este caso a la ciudad de Badajoz.

POR LA ESPAÑA HISTÓRICA

BADAJOZ

El viaje en ferrocarril desde Mérida á Badajoz es un paseo agradable. La nota blanquísima de los pueblecitos que se agazapan al pie de las colinas ó que se yerguen pintorescamente, como Campanario, en repechos ásperos ó en cumbres serreñas, imprime variedad al paisaje.

Corre el tren por una llanada en la cual amarillean los trigos cercanos á la madurez, y el cuadro tiene como marco austero los encinares solemnes, la majestad solitaria y muda de la dehesa extremeña.

Heridas por el sol de la mañana, espejean lanzando cegadores relámpagos unas bandas de hoja de lata: las trochas destinadas á contener la invasión del terrible enemigo de los campos.

Tras de aquellos diques metálicos no hay verdores de tallos, ni alegrías de hojas, ni encantos de vegetación primaveral; la langosta lo arrasó todo, matando brotes, destrozando esperanzas, arruinando hogares, quitando pan… Los campesinos, frente á las trochas, se llevan las manos á los ojos cual si experimentasen un deslumbramiento, y se frotan enérgicamente los párpados… ¿Es el reflejo del sol ó es la angustia del infortunio la causa de que las pupilas de los labriegos se abrillanten con brillo de lágrimas?

La locomotora, exhalando silbidos agudos, prolongadísimos, saluda — mientras galopa por una curva acentuada — á la ciudad de Badajoz, que asoma vistiendo con su caserío un monte no muy elevado.

Al salir de los andenes, el movimiento de ómnibus y de tranvías y la aglomeración extraordinaria de viajeros nos producen la impresión de que llegamos á una capital importante.

La impresión se acentúa al recorrer los quinientos metros de longitud del magnífico puente de las Palmas, sustentado por treinta y dos arcos. La construcción del puente ostenta, dentro de su aspecto moderno, elegancia y grandeza.

Ciarán hace alto para obtener una fotografía de la perspectiva de la ciudad desde la entrada del puente.

En aquel momento, un jefe de Aduanas—persona amabilísima que viajó desde Madrid á Mérida en el mismo departamento que nosotros—nos saluda y nos anuncia que vamos á encontrarnos con un Badajoz anormalmente risueño, con un Badajoz en plena feria.

Mi compañero hace un gesto de contrariedad, que no acierto á explicarme.

Al final del puente, la Puerta de las Palmas luce su robustez arquitectónica. Un exceso de celo la ha enlucido sin embellecerla. Cuando la lluvia y el sol se encarguen de la piadosa tarea de aligerarla de los afeites que la embadurnan, la Puerta volverá á tener su legítimo adorno: el prestigio de la senectud que se honra con las arrugas, surcos de los años, y con las canas, flores de plata del vivir.

Limpias, cuidadísimas, las calles pregonan la solicitud municipal. Las casas sonríen con sus rejas y balcones llenos de tiestos donde las rosas, los claveles y los geranios rivalizan en lozanía.

Por todas partes álzase un susurro de colmena en actividad; Extremadura entera y una porción respetable de Portugal han acudido á las fiestas de la antigua Pax Augusta, hoy Badajoz.

Dejándonos llevar por la corriente del gentío, subimos la calle del dulcísimo poeta Meléndez Valdés

y desembocamos en la plaza de la Constitución.

En el centro álzase la Catedral, hermosa obra en la cual la pureza del estilo ojival sufrió la influencia de gusto plateresco español y la del Renacimiento, del cual se derivó.

Un tocayo de Ciarán, aquel Alfonso que ganó en justicia el título de Sabio, hizo levantar la Catedral allá en la centuria decimotercera, y en el año 1284 el templo fué consagrado y abrióse al culto.

La voz de los cantollanistas retumbaba en las bóvedas, entonando versículos del rezo de Difuntos; en el centro del Crucero, sobre un túmulo cubierto con paño de negro terciopelo, veíase una mitra. El Cabildo celebraba las exequias de un prelado. Hasta diez ó doce señoras ancianas asistían al fúnebre acto.

Los que con ligereza inexplicable han afirmado que Badajoz carece de interés artístico, no han visto ó no han sabido ver las bellezas que guarda la Catedral badajocense, badajoceña, badajozana ó pacense, que así indistintamente puede llamarse.

El buen Alfonso dedicó lo más fervoroso de su admiración á un ideal Nazareno, obra del pincel de aquel Morales que fué apodado el Divino por su inspiración, más celeste que humana. Mi vista no se cansaba de contemplar una imagen de San Juan Bautista, modelo de prodigios escultóricos. Y los lienzos de Esquivel y de Jordán, y un soberbio sepulcro de bronce, obra del siglo XVI, y la rica decoración de azulejos de la Capilla de Figueroa, encendían nuestro entusiasmo, produciéndonos exquisitas sensaciones de arte.

Aprovechando el momento de la salida del Cabildo, nos deslizamos en el coro. La sillería, toda de nogal, es primorosa muestra del grado de perfección que alcanzaron los tallistas españoles en el siglo XVI. La gubia que ejecutó aquellas finas labores, logró aciertos dignos de los que en los bancos y en los sillones corales de la Aljama-Catedral de Córdoba inmortalizan el nombre de Duque Cornejo.

La oscuridad del templo, muy propicia á la meditación, paralizaba la actividad fotográfica de mi compañero. ¡Lástima grande no haber podido recoger alguna de las hermosuras que duermen ocultas en la penumbra de aquella iglesia!

Mientras vagábamos por el exageradamente remozado claustro—deteniéndonos ante el mausoleo donde descansan los restos del general Menacho,— recordaba yo la terrible leyenda de Badajoz, narrada de modo magistral por mi glorioso compatricio el genial autor de El Moro Expósito y de Don Álvaro.

Era en la época en que los bandos de los bejaranos y de los portugaleses se destrozaban fieramente, ensangrentando las calles de la ciudad. Llegó el día consagrado por la Iglesia á la Conmemoración de los difuntos, y en vano los bronces clamaron invitando al vecindario á rezar; la Catedral permaneció completamente desierta, tan desierta, que un sacerdote que salió á celebrar la misa encontróse solo, en soledad absoluta.

Angustiado, balbució las primeras preces, ascendió al altar, y, al volverse para pronunciar el primer Dominus vobiscum, sintió que el horror le helaba la sangre: la Basílica estaba totalmente ocupada por una multitud devota: las tumbas de las naves y los sarcófagos de las capillas habían volcado sus despojos en el templo, y aquellos despojos fosforescentes, esqueléticos, ataviados con jirones de sudarios, resguardados por herrumbrosas armaduras, apoyados en tajantes espadas, se inclinaban humildes, trazaban con trémulos dedos la señal de la cruz, y doblando la rodilla en tierra asistían al Santo Sacrificio, para que Dios no recibiese agravio, para que su nombre, olvidado por los que afuera se degollaban en lucha fratricida, hallase homenaje de merecido acatamiento siquiera por los que tuvieron para descanso eterno la paz del templo.

Música, desfile de tropas, vocear de vendedores ambulantes, piafar de corceles y trompetazos de automóviles, formaban en torno del silencio de la Catedral un Conjunto de disonancias regocijadas.

Desde un altozano de los arrabales pudimos abrazar el conjunto, la fisonomía de la ciudad: el cinturón de fuertes murallas, los baluartes de San Vicente, San José, Santiago, San Juan y San Pedro, y en el centro, descollando sobre todo —cual uno de los grandes prelados de la Edad Medía, que iban á la guerra rodeados de caudillos hazañosos,— la Catedral.

Para llegar hasta los desmantelados muros de la torre de Espantaperros —que acaso fué en lo pretérito atalaya contra la cual se estrellaron los ataques de los Musulmanes—tuvimos que apechugar con las molestias de una caminata por terreno nada cómodo. La torre deja ver el abandono que la va consumiendo y que, de no acudir á remediarlo, acabará con ella.


Advertidos por los gritos imperiosos del estómago de que era llegada la hora de interrumpir nuestras contemplaciones, nos encaminamos hacia la fonda donde habíamos depositado el equipaje.

Antes dimos un vistazo á la modesta iglesia del convento de la Concepción—cuya fábrica se remonta al siglo XVI, — donde se guardan algunos cuadros de bastante mérito, aunque no tanto que justifique el supuesto de que procedan de la paleta de Morales. Y también, antes, pasamos rapidísima revista al Museo provincial, instalado en el Palacio de la Diputación. Quede hecho el elogio del Museo afirmando que, á pesar de tener muy vivo el recuerdo de Mérida, aun hallamos en la colección de antigüedades badajocenses motivos de curiosidad y objetos dignos de atención y de estudio.

Unas hachas de piedra de la Edad prehistórica nos sugirieron ideas del hombre primitivo, en perpetua batalla para lograr alimento y albergue…

Momentos después, las ironías de la casualidad hicieron que, en el siglo XX, mi compañero y yo nos viésemos reducidos á la condición del hombre prehistórico.

—¿Habitación?-nos dijeron en la fonda.—¡Á ningún precio! ¿Cama? ¡Allá veremos si entre las doce del dormitorio grande hay de aquí á la noche alguna vacante! ¿Almuerzo? ¡Ustedes verán si se conforman con lo que podemos darles!

Ciarán me dirigió una mirada que era toda una elegía. Y entonces comprendí la adustez de su gesto cuando á nuestra llegada nos advirtieron que Badajoz estaba en feria.

Nos resignamos—como el que se somete á lo inevitable— á almorzar lo que pudieron darnos. Los anacoretas del Desierto hubieran aceptado como penitencia nuestro yantar.

Sin tener que esforzarnos para efectuar la digestión, tomamos café y paseamos un rato por las calles céntricas, confirmándonos en el juicio de que Badajoz es una ciudad culta, simpática y amante de sus hijos. La patria de Ayala, de Meléndez Valdés y de tantos otros varones ilustres en Ciencias, Letras y Artes, ha perpetuado esas memorias en monumentos, en lápidas, en nombres de calles ó de teatros, como manifestaciones de cariño materno, como reflejos de la gloria, que, según Balzac, es «el sol de los muertos».

Dejamos airas unos deliciosos jardines que embellecen la margen izquierda del Guadiana, y dimos en el espacioso ferial. Atardecía. El ganado se había acogido á la dehesa, dejando libre el campo de aviación y las orillas de la carretera, ocupadas por tribunas.

En aquellas tierras de plaza fronteriza, donde tantas veces combatieron portugueses contra españoles, moros contra cristianos, partidarios de Alfonso X y de Sancho el Bravo, y todo el ejército de Soult contra e! puñado de patriotas mandado por Menacho —que supo luchar, vencer y morir, mostrándose digno de] pueblo de Pedro Alvarado y de Vasco Núñez de Balboa,—iba á reñirse un poético combate.

Más de doscientos carruajes, engalanados vistosamente, desfilaron por el paseo. Los vehículos caminaban repletos de muchachas y de rosas, y era, en verdad, difícil señalar dónde acababan las flores vivas y dónde comenzaban las que hasta entonces crecieron perfumando parques.

Y cuando el jurado se aprestaba á dar la señal para que principiase la batalla, cuando la música lanzó un torrente de notas, Ciarán—que había estado conferenciando con el cochero de nuestra fonda provisional—me habló así:

—Ya tenemos resuelto el problema del lecho.

—¿En vacante producida en la docena de camas del dormitorio grande?—pregunté con horror.

—Nada de eso. Dentro de una hora escasa sale el tren; nuestro equipaje estará á tiempo en la estación; cenaremos donde podamos, y, á la una de la noche, entraremos en posesión de excelentes camas.

—¿Dónde?—interrogué.

Y mi compañero, apretando el paso, contestó con acento decisivo:

—¡En Lisboa!

M. R. BLANCO-BELMONTE.

domingo, 11 de marzo de 2012

Epigrafías preislámicas en Badajoz

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Las excavaciones arqueológicas de las últimas décadas van confirmando la existencia de una continuidad de ocupación humana en Badajoz desde muy antiguo, como publiqué en el número 68 de la revista Sharia, y que aunque tenemos escasa información documental de la época cristiana anterior a la “reconquista” del siglo XIII, todos los indicios podrían apuntar a la posible existencia de un núcleo poblacional de cierta importancia también a partir del siglo VI.

En el número 69 de la revista Sharia comencé a relatar el origen de las numerosas piezas del arte monumental que llamamos visigodo. También apuntamos la posibilidad de que parte de las piezas fueran de época mozárabe.

En un futuro intentaremos ir exponiendo un catálogo pormenorizado de restos. Vamos en esta ocasión a adelantarnos un poquito y comentar un par de piezas que tienen la gran particularidad de contener epigrafías.

La primera de ellas, se trata de la pilastra reutilizada por los Almohades en el ángulo interior del recodo de la llamada Puerta de Carros de la Alcazaba, con el fin de reforzar la arista del mismo en el siglo XII.

Se trata de una pilastra de mármol blanco de unos 2,07 m de alto por 32 cm de lado, estriada en dos lados contrarios con aristas biseladas, con un tercer lado plano.

Al ser utilizada como una esquinera de protección, sólo quedan a la vista dos de sus lados: uno de los estriados y el plano. Debido al deterioro del paso del tiempo, se han ido desprendiendo restos del muro al que está adosada, dejando ver, en parte, los otros dos lados.

El cuarto de los lados, oculto, también está estriado con aristas biseladas, aunque en este caso sirven como marco de un rectángulo en vertical de unos 6 cm de ancho por 1,17 m de alto, labrado con epigrafías de época visigoda de unos 6 cm de alto.



Las letras están dispuestas de una en una en horizontal, y al parecer con la intención de que se lean de arriba a bajo.





Parece que se pueden leer las siguientes letras:




Si transponemos las letras en horizontal:





Si nos fijamos en las letras A, tienen el travesaño interno triangular. La letra A con este tipo de travesaño se utilizaba en las inscripciones bizantinas hispanas, aunque no es exclusiva su utilización en esta época. A este respecto, el análisis de conjuntos epigráficos extremeños muestra como la A de travesaño angular ya predomina en la etapa anterior a la época bizantina, y en ésta, a partir del 550 rivaliza con la de travesaño recto, que termina por imponerse hacia mediados del siglo VII, tras un periodo en el que habían convivido juntas, incluso en una misma inscripción.

En cuanto al significado del texto, una de las interpretaciones que podríamos avanzar es que un tal ABRAMANUS COME EL DULCE PAN, es decir comulga; por ello erige la pilastra en conmemoración de dicho momento.

El epígrafe de la pilastra, según esta posible interpretación, sería cristiano. Podría la pilastra, por lo tanto, conmemorar o quedar constancia de lo que pudiera ser una conversión al catolicismo de un visigodo arriano, o al menos, un acto de reafirmación pública de su fe católica, que exigía una preparación previa para poder comulgar. Aunque tampoco se podría descartar que el comienzo del nombre ABRAM también pudiera tener un origen judío.

María Cruz Villalón, sin conocer la existencia de la epigrafía oculta, ya consideraba la pilastra original por su singularidad dentro del mundo de la decoración hispano visigoda, ante la ausencia de paralelos.

Esta pieza, por su singularidad, tendría que ser más profundamente investigada, debiendo en mi humilde opinión ser extraída, estudiada y conservada en el museo.

La segunda de las piezas que contiene una epigrafía está incrustada a media altura en una de las esquinas de la torre de la Alcazaba que da a las traseras del edificio que actualmente ocupa la UNED en la Plaza Alta.

Según la posición actual de la pieza, parece leerse: SADINIA, un nombre femenino seguido de I que pudiera ser la inicial del cognomen que no podemos identificar por sólo aparecer una letra; o la filiación I(uli filia).



Pero si le damos la vuelta, podría leerse el praenomen y el nomen de un hispano-romano I(ulius) VINICIVS.



Las letras son especialmente grandes, deben de tener entre 8 y 10 cm de alto, como si pertenecieran a un edificio público…

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martes, 21 de febrero de 2012

Las cenizas de Arco-Agüero. 1821-1835

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Así titulaba un artículo el 17 de marzo de 1836 El Jorobado, publicación satírica madrileña de corte conservador, en el que satiriza las vicisitudes de los restos del famoso Felipe de Arco-Agüero, uno de los cuatro héroes de la anterior época constitucional, que murió en Badajoz en 1821 al caerse de su caballo practicando la persecución de una liebre.

Antes de ver como se turbó el sepulcro y la paz de aquel malogrado joven, describamos brevemente la importancia de la figura de Arco-Agüero y como murió el por entonces capitán general de Extremadura.

De su trayectoria militar y vicisitudes en la Guerra de la Independencia ya dio cuenta nuestro amigo Álvaro Meléndez en su blog Extremadura Militar. Carrera que se vio interrumpida por culpa de participar en la intentona de julio de 1819 de restablecer la Constitución de 1812, siendo llevado preso al castillo de San Sebastián, de donde pudo escaparse en 1820 y llegar a Cádiz, dónde como Jefe de estado mayor se sumó al pronunciamiento de Riego.

El 1 de enero de 1820 tuvo lugar el citado pronunciamiento militar del teniente coronel Rafael de Riego, proclamando inmediatamente la restauración de la Constitución de Cádiz de 1812 y el restablecimiento de las autoridades constitucionales. El pequeño apoyo al golpe militar fue aumentando con el tiempo y prolongó el levantamiento hasta el 9 de marzo en que se produce la jura de Fernando VII y restablecimiento de la Pepa.

Arco Agüero fue ascendido a mariscal de campo. Volvió a San Fernando hasta que se disolvió su ejército, siendo nombrado entonces gobernador de Sanlúcar de Barrameda, después gobernador de Tuy y finalmente capitán general de la provincia de Extremadura.

A las 4 de la tarde del 11 de febrero de 1821 llegó a Badajoz Arco Agüero en su viaje a Tuy, entrando por el patio de Puerta de las Palmas. Un cañonazo anunció a la ciudad su llegada, echándose al vuelo las campanas. Se subió a una carroza donde una niña le ciñó una corona de laurel. Las calles estaban adornadas vistosamente con colgaduras. Por la noche la milicia nacional acompañó al general al teatro con cirios encendidos, habiendo una vistosa iluminación…

Poco después, en mayo, regresó a Badajoz como capitán general. Nada hacía pensar que esta ciudad, donde muchos hombres de armas dejaron su vida en tiempos de guerra, vería morir a su nuevo general en tiempo de paz. El día 13 de septiembre de 1921, a las cinco de la mañana, salió a caballo el general Felipe de Arco Agüero para correr alguna liebre, acompañándole el canónigo Juan Mª Caldera, el oficial de estado mayor de la Isla, Manuel Bustillos, el ayudante de campo del general, Pedro Cruz y el general Gregorio Piquero.

Hallándose como a un cuarto de legua del cortijo de Santa Engracia, sobre las 7 de la mañana, salió una liebre, que el general empezó a seguir con su caballo, y a pocos pasos, en un quiebro para tomar una vereda por donde la liebre intentaba huir, cayó de cabeza por el lado derecho. Caldera y Cruz se bajaron rápidamente de sus caballos para socorrerle, al que hallaron sin sentido y sangrando por la nariz. Bustillos corrió rápidamente a Badajoz para traer a algún médico, llevando los otros tres a hombros al general hasta el cortijo de Santa Engracia, dejándolo en una cama, donde se le aplicaron los primeros auxilios hasta la llegada a la media hora de los facultativos, que tras intentar todo lo posible, sólo pudieron disponer que se le administrase la Extremaunción.

Entretanto, en Badajoz, en donde se presentó el caballo del general tras atravesar el Guadiana a nado, la noticia de la desgracia pronto se expandió, y en un momento se llenó el camino de Santa Engracia de gente que iban presurosos a ver al general: todos los jefes de la guarnición, comisionados de la diputación provincial, un piquete de voluntarios nacionales de infantería, una partida de coraceros y otra de voluntarios de caballería etc…

A las cinco de la tarde, hora de concurrir a la tertulia patriótica, y apenas se habían reunido un considerable número de ciudadanos, llegó la infausta y temida noticia de haber espirado en aquella hora el general Arco Agüero.

Se trajo a hombros el cadáver, custodiado por las milicias voluntarias. Llegó éste a la cabeza de puente, donde le esperaban con hachas de cera la diputación provincial, el ayuntamiento, oficiales, y más de quinientos quintos con hachas de viento, con un gentío inmenso que ocupaba el puente, coronaba por aquel lado la muralla, y llenaba las calles de la carrera.

Tres días de luto se aprobaron, como también la suscripción para erigir en la plaza de la Constitución un monumento que perpetuase su memoria, enterrándose al día siguiente a las 4 de la tarde.

El monumento no se llegó a erigir, pero sí un suntuoso sepulcro en el cementerio del castillo.

En la sesión municipal del 17 de septiembre se le puso el nombre de Arco Agüero a la que por entonces se llamaba calle de las Ollerías (Entre 1938 y 1984 fue llamada Primo de Rivera).

Volviendo al artículo de El Jorobado, éste relata que “el muerto fue enterrado según antigua y rancia costumbre, y el lugar de su sepultura fue desde luego objeto de las visitas de los calenturientos partidarios del sistema. Asomaron por los Pirineos los hijos de san Luis, dieron un paseíto hasta Cádiz, sin que los quinientos mil hijos de Padilla (numerosa y masculina sucesión, que decía don Hermógenes) diesen cuenta de su persona, y los que se yo que tantos hijos también de la Viuda, ni mas ni menos. Ello es que hubo cambio de decoración, y con unas cuantas tropelías, asesinatos, dilapidaciones, anulaciones, quitar bienes al que los había comprado con su dinero, purificar é impurificar ad limitum &c. &c. la cosa iba adelante; y á todas estas los amiguitos de Badajoz yendo y viniendo á visitar el sepulcro de Arco-Agüero.”

La población de Badajoz, al igual que en otras capitales, estaba dividida en dos bandos: el de los Realistas o Serviles y el de los Liberales.

El 7 de abril de 1823 entran en España los Cien Mil Hijos de San Luis, ejército francés comandado por Luis Antonio de Borbón, duque de Angulema para someter a la España liberal por orden de la Santa Alianza, para parar el desarrollo del liberalismo en España y evitar así la necesidad de tener que seguir gobernando Fernando VII sometido a la Constitución. Comienza entonces la represión a los liberales por parte de los realistas.

Atufáronse con esto los señores realistas, y haciendo extensiva al muerto la prohibición de tener en su casa reuniones, un día se remangan, abren la sepultura, echan los huesos en el osario general, y con el ataúd y los banderines de los nacionales hacen un auto de fe, es decir que los quemaron.”

Esto era por los años de gracia de 1825. Semejante escándalo no pudo menos de llamar la atención de un capitán general que de allí á algún tiempo fue nombrado, y obligarle á formar causa; pero la causa se cortó”.

El 24 de octubre de 1823 regresaron los milicianos que a orillas del Tajo que habían luchado el 30 de septiembre con tropas francesas y realistas. Esa noche se quitó la lápida de la Constitución tras huir sus defensores, reconociendo las autoridades al gobierno absolutista. Los soldados de Angulema penetraron en Badajoz el 3 de noviembre.

Quedaron como reducto en la Sociedad Patriótica, sita en el convento de San Francisco, los seguidores del sistema liberal. Cuando se producían asonadas, partiendo de la Sociedad Patriótica, acompañadas de música, se terminaba ante la lápida de la plaza de la Constitución o ante el sepulcro de Arco-Agüero.

El 18 de julio de 1825, el capellán de coro D. José López, acompañado de otros realistas exhumaron el cadáver del general y no pudiendo conseguir que fueran sus restos quemados o precipitados al río Guadiana, los arrojaron a un pozo. Destruyeron el sepulcro, repartiéndose las piedras que lo componían, cogiendo también una o dos tumbagas con que había sido enterrado, que igualmente se repartieron.

En 1834 regresó el liberalismo al poder, triunfando un año más tarde el liberalismo radical. Se trató de reivindicar la memoria del general, acordándose reunir los restos que habían sido echados en una cisterna que había en el cementerio, depositando dichos restos en una caja digna, realizando unos pomposos funerales el 4 de octubre de 1835, depositando el día antes la caja en la ermita de San José, con una compañía y bandera del cuerpo de Guardias nacionales, formando la carrera por donde había de pasar la procesión fúnebre, que salió de la referida ermita en dirección a la catedral.

Volviéronse las tornas, y la gente de Badajoz que no concibe como se puede asegurar la libertad, ni arraigar un buen sistema político sin andar desenterrando los muertos otra vez, se fue en busca de las desgraciadas cenizas, y tomando las que mejor le parecieron, con cuatro zancarrones y una docena de costillas, y media calavera, se hizo un Arco-Agüero nuevecito, que no había mas que ver; y vuelta á hacer exequias, y torna á construir mausoleos, y retorna á abrir el proceso sobreseído en forma; porque quien abre una sepultura bien puede abrir cien procesos. Echaron mano á los tenidos por autores del primer desenterramiento, y los enterraron en otros tantos calabozos de donde quizá saldrán como el protagonista, en esqueleto, y este ridículo procedimiento no lleva trazas de tener fin”.

De todo lo acontecido con los restos de Arco Agüero, El Jorobado, de forma satírica, sacó las siguientes consecuencias:

Primera. En Badajoz no se puede seguir una opinión política sin desenterrar los muertos que á ella pertenecieron, y quemar los ataúdes de los contrarios.

Segunda. En Badajoz de tiempo en tiempo se abren y se cierran las velaciones, las causas y las sepulturas.

Tercera. En Badajoz se entierra á los muertos por temporada, hasta que amigos ó enemigos vienen a sacarlos al aire para que no se apolillen.

Cuarta. En Badajoz es más fácil salir de la sepultura que de los calabozos, y suele uno estar mas tiempo preso que enterrado.

Quinta. En Badajoz no se puede vivir por no andar entre gentes que así entienden las opiniones políticas, y por no caer en manos de escribanos y jueces que hacen durar tanto las causas.

Sexta. En Badajoz no se puede uno morir, porque no le dejarán parar ni aun en la sepultura.

Séptima. Por último el que quiera vivir que no vaya á Badajoz, el que quiera morirse que no vaya á Badajoz
”.








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