Cuaderno de bitácora de un viajero a lo pasado de la ciudad que le vio nacer. Pequeñas cápsulas del tiempo, pequeñas curiosidades que voy descubriendo en el papel de los libros y periódicos de aquellos que fueron testigos de otro tiempo, y que con estos artículos vuelven a la luz. Quedan invitados a acompañarme en este viaje.

sábado, 10 de diciembre de 2016

¡Abajo los cajones! o el tumultuoso mercado de Badajoz de julio de 1855



Mediado el siglo XIX, había en Badajoz un mercado con cerca de cien cajones de mampostería en la Plaza Alta, propiedad de varios particulares que los alquilaban a los vendedores.

El 20 de julio de 1855 El Correo de Badajoz empezaba un artículo en estos términos: “El día 17 de julio quedará eternamente grabado en el corazón de los hijos de Badajoz, cual igual día en los invictos madrileños que sucumbieron en las calles de la capital conquistando nuestras libertades”. Con este comienzo nos da a entender que la tuvieron que liar parda. Badajoz no solía salir mucho en la prensa nacional, pero en esta ocasión nos ganamos a pulso el derecho a la repercusión mediática en los periódicos nacionales.

Vamos a situarnos antes un poco en esta época de los espadones, en que los generales de prestigio lideraban los partidos políticos y recurrían al pronunciamiento para intentar hacerse con el gobierno o condicionar su rumbo, fenómeno que se repite una y otra vez durante el reinado de Isabel II (1843-1868).

A mediados del siglo XIX estábamos en la época moderada de Narváez, y parecía que estaba ya consolidada la implantación del Régimen Liberal. La revolución de 1848 en Europa, en España no pasó de algaradas y en un conato de insurrección. Narváez actúa con contundencia.

Va a ser la época de nuestro Donoso Cortés, cuyo famoso discurso en las Cortes sobre la corrupción hará dimitir a Narváez en 1850, o la de nuestro Bravo Murillo, que durante 1851 y 1852 intentó crear una burocracia moderna y eficiente, y fue decisivo en el impulso de obras públicas (ferrocarriles, carreteras, etc…), pero fracasará en el intento de modificar la Constitución, lo que le hará dimitir.

El partido Moderado se va a ir desintegrando tras tres efímeros gobiernos, lo que provocará el renacimiento de los Progresistas. En 1854 se va a producir un pronunciamiento militar moderado (sector del moderantismo puritano descontento), actividades insurreccionales progresistas y una amplia movilización popular.

El 28 de junio de 1854 se produce el pronunciamiento de O´Donnell (moderado), que no termina de triunfar, y los Progresistas se movilizan a través de un manifiesto de Cánovas del Castillo, que buscaba una regeneración liberal, que firmará también el propio O’Donnell.

Proliferan los levantamientos populares apoyados por los progresistas, que se convierten en una revolución, una especie de versión retrasada de las de 1848 en Europa. El gobierno dimite y se forma un gobierno de coalición liberal de progresistas y moderados puritanos, encabezado por Espartero (progresista) y en el que entra O’Donnell.

Comienza el bienio progresista (1854-1856), donde se restaura la Milicia Nacional y los Ayuntamientos vuelven a ser electivos, aunque se va a continuar en este periodo con la inestabilidad política, con reestructuraciones del gobierno, levantamiento carlista, desamortización de Madoz etc…

En este entorno se van a mover los sucesos de julio de 1855 en Badajoz en los que nos vamos a sumergir.

Como principiábamos, mediado el siglo XIX, había en Badajoz un mercado con cerca de cien cajones de mampostería en la Plaza Alta, propiedad de varios particulares que los alquilaban a los vendedores. La obra fue haciéndose por partes, iniciándose en 1843 y culminándose en 1851. Había tres filas de puestos, dos paralelas a los lados mayores de la plaza con un amplio espacio libre entre los mismos, y un tercero cercano al Edificio del Peso.

 Cuando el 20 de julio de 1854 se adhirió Badajoz al alzamiento de otras provincias, con el general Trillo, gobernador de la Plaza, a la cabeza de la Junta Revolucionaria, los vendedores ambulantes pidieron tumultuosamente vender donde quisiera uno, lo que consiguen.

Son siempre buenos tiempos para conseguir romper algunos derechos y prohibiciones con los cambios políticos, pero como suele ocurrir en la mayoría de los casos, hay mucha gente preparada para cambiar lo que haga falta para que todo siga igual.

Desde hacía un año, el ayuntamiento era progresista, el gobernador civil era progresista, pero claro, los propietarios de los puestos también eran progresistas. Pronto comenzaron sus reclamaciones. El Ayuntamiento había concedido otro sitio a los vendedores ambulantes que quisieran, sin pagar alquiler, aunque no estaba muy bien acondicionado y no tenía cajones, mientras que se instruía el expediente de reclamación de los propietarios.

Los propietarios finalmente consiguen que se dictara una real orden prohibiendo vender comestibles fuera de los cajones de la plaza del mercado. Durante siete meses estuvo el Ayuntamiento intentando negociar a la baja el precio de los alquileres con los propietarios. En abril de 1855 traslada a los vendedores a otro lugar aún peor, hasta que no tuvo más remedio de dictar un bando el 1 de julio de 1855 con la prohibición de vender fuera de los lugares asignados en los puestos de la Plaza Alta, o bien en su casa, que entraría en vigor a los quince días.

Llegó el día 16 de julio, día de entrada en vigor de la prohibición, presentándose en la plaza alguaciles y agentes para señalar a los vendedores los cajones que debían ocupar, so pena de ser multados.

Los cuatro cajones para expender carne se ocuparon inmediatamente, ya que los que la venden la recibían del Ayuntamiento, que tenía el derecho de comprar y matar las reses, no permitiendo que ningún particular lo hiciese por su cuenta, a no ser que pagase como impuesto la piel, manos y menudo de las reses.

Después llegaron los panaderos, a los cuales les fue intimada la orden de ocupar sus cajones, la cual desobedecieron marchándose a sus casas, excepto tres que se pusieron a vender.

Los expendedores de hortalizas no aparecieron, instalándose en la plaza del Reló, que estaba junto a la torre de Espantaperros, y en las afueras de la puerta de Trinidad.

El día 17 de julio el alcalde 1º ordena que se clausuren los puestos que estén colocados fuera del mercado, y se impongan multas de seis reales. Se pagaron las multas, pero empezaron a proferirse gritos y amenazas de que esa noche destruirían los cajones.

Al anochecer, sobre las ocho, se fueron reuniendo varios grupos de vendedores en la plaza de San Juan, que finalmente formaron uno solo. Como a estas cosas y alborotos se apunta todo el mundo que tiene algo que protestar, y además había ya un latente cabreo en la población por la falta de jornales, el asunto de los cajones prendió la mecha.

Empezaron a gritar ¡Abajo los cajones! ¡Abajo el ayuntamiento! ¡Mueran los santones!, hasta que, después de romper los cristales de la casa de la viuda de Carrillo y sobrinos, uno de los propietarios de cajones, pasaron a la plaza del Mercado y comenzaron a derribarlos sin oposición de la autoridad. Con las puertas y demás maderas hicieron una hoguera que iluminaba esa parte de la ciudad, formando después barricadas en las ocho bocacalles que dan acceso hacia la Plaza Alta, quedando tras ellas, armados y dispuestos a defenderlas.

La barricada más notable por su fortaleza y número de defensores fue la de la calle Mesones, hoy San Pedro de Alcántara. La destrucción seguía, aumentando el número de hombres, mujeres e incluso niños que se sumaban a la demolición y al jaleo.

Las tropas se habían concentrado en los cuarteles, numerosas patrullas recorrían la población, y todo hacía suponer que se iba a dar un combate.

La Milicia Nacional se reunió en diferentes puntos, con la compañía de artillería en la plaza de San Andrés.

Como habíamos dicho al principio, con la llegada nuevamente en 1854 de los progresistas y Espartero al poder, se restaura la Milicia Nacional, que había sido disuelta por Narváez en 1844, encomendando más tarde sus tareas a la recién creada Guardia Civil. Nació durante el Trienio Liberal (1820-1823). Abolida por Fernando VII, reapareció nuevamente en 1837 durante la Regencia de Mª Cristina. Fue uno de los caballos de batalla de la rivalidad y lucha por el poder de Narváez y Espartero, líderes de las dos facciones liberales, los moderados y los progresistas. En 1856 volverá a ser disuelta, en este caso por O’Donnell.

Las tropas de la guarnición militar formaron en sus respectivos cuarteles. El capitán general Manuel Lebrón, decide no tomar una parte directa y activa en los sucesos mientras que no hubiese una confrontación y se le reclamase su ayuda.

Por orden del gobernador civil Ramón Cuervo, se reúnen las fuerzas disponibles de 20 guardias civiles y 30 carabineros, que ocupan la muralla del castillo más próxima al mercado y bocacalles inmediatas a la plaza del Reloj, quedando a la expectativa.

El gobernador civil se proponía que la Guardia civil y Carabineros entrasen por una parte en la plaza del mercado al mismo tiempo que él penetraba por otras bocacalles con la Milicia Nacional, pero resultaba que una parte de dicha Milicia, y no la menor, se puso de parte de los vendedores, y habían incluso pasado a defender las barricadas, lo que hizo que el gobernador no creyese prudente, por poder producirse un conflicto mayor, la intervención.

La tensión aumentaba. Un grupo armado baja desde la plaza por la calle Jarilla a exigir la retirada de la Guardia civil y Carabineros, que logra ser contenido por oficiales de la Milicia Nacional, que convencieron de que dicha fuerza no se retiraría sin órdenes superiores.

Todo quedaba en tensa espera, hasta que las fuerzas de la guardia civil y carabineros son relevadas por la compañía de artillería de nacionales, con su jefe a la cabeza, el subinspector Vicente Orduña, retirándose a sus respectivos cuarteles por orden del gobernador civil.

A las cuatro de la madrugada del día 18 las patrullas de la Milicia Nacional regresaron a sus cuarteles, donde se personó el gobernador civil para darles una alocución. Viendo que el alboroto no tenía carácter político, el gobernador mandó descansar a las fuerzas, quedando sólo un retén de 100 hombres.

Pero amanecía el día 18, y los alborotadores triunfantes exigieron la renuncia del Ayuntamiento y la destrucción del matadero, que encarecía mucho el precio de la carne en perjuicio de las clases pobres.

A las cuatro de la tarde se publica un bando en que se participa al pueblo que el Ayuntamiento había dimitido. Querían evitar que el conflicto pudiera ir en aumento. En una reunión celebrada en casa del Capitán general, a la que asistieron los oficiales de la Milicia Nacional, quedó autorizado su subinspector Vicente Orduña para disponer la elección de un nuevo ayuntamiento.

Vicente Orduña, después de una corta alocución en que exhortaba al orden y tranquilidad, citó al vecindario para que a las cinco esa misma tarde en las Casa Consistoriales, con el fin de nombrar otro Ayuntamiento, que lo sería interinamente hasta que se eligiese otro nuevo. Reunió dos vecinos de cada uno de los doce barrios en que la ciudad estaba dividida, a fin de que votaran los concejales.

Casualidades o no, el propio Vicente Orduña fue elegido alcalde 1º.

El primer bando del nuevo alcalde constitucional facultó a los vendedores ambulantes para que se colocara cada uno donde mejor fuera de su antojo, presentándose en la plaza del mercado, donde hizo que cesaran en su faena destructora los que derribaban los cajones, prometiéndoles enviar presidiarios para que sacaran los escombros.

El 9 de agosto el gobernador civil Ramón Cuervo será “trasladado” por el Consejo de ministros a Ciudad Real. El nuevo gobernador José Montemayor intenta reorganizar la Milicia Nacional mediante un expurgo, pero los considerados desafectos se negaron a entregar las armas, teniendo el gobernador que revocar sus disposiciones.

A mediados de septiembre se autoriza al Ayuntamiento para limpiar la plaza del mercado de los escombros y paredones que aún tenía, y pocos días después, se aprobó el expediente que presentó a la Diputación el Ayuntamiento para desescombrar la plaza del mercado con su propuesta de gasto, indicando que los depositase en el castillo.

Y muerto el perro, se acabó la rabia…




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