Cuaderno de bitácora de un viajero a lo pasado de la ciudad que le vio nacer. Pequeñas cápsulas del tiempo, pequeñas curiosidades que voy descubriendo en el papel de los libros y periódicos de aquellos que fueron testigos de otro tiempo, y que con estos artículos vuelven a la luz. Quedan invitados a acompañarme en este viaje.

sábado, 14 de abril de 2007

Mariano José de Larra. Impresiones de un viaje. Badajoz 1835

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Por esta época andaba Larra por Badajoz, en la primavera de aquel año, donde escribió su artículo "Impresiones de un viaje. Última ojeada sobre Extremadura. Despedida a la patria", que más tarde fue publicado en la Revista Mensajero, núm. 141 del 19 de julio de 1835.

El escritor y periodista madrileño cuya familia materna era de Villanueva de la Serena, aceptó el encargo de su padre de ir a Bélgica a cobrar una deuda, pero eligió ir en barco vía Lisboa y aprovechar así para poder ver a su amada en Badajoz, recluida aquí después de saber su marido de su relación con él. Parece que alejándose varios meses, pretendía poner fin a una etapa de su vida y respirar nuevos aires que lo distrajeran de las penumbras que le ensombrecían en Madrid desde el verano anterior. Tormentoso verano aquel de 1834, donde se descubrió su relación adultera con Dolores Armijo, el amor de su vida, dejándole su mujer embarazada en Madrid, donde residía y llegaba la epidemia de cólera, de la cual los movimientos anticlericales hicieron responsable a los religiosos del envenenamiento de las fuentes, trayendo consigo estos rumores el degollamiento de numerosos clérigos. Tiempos convulsos, donde Larra fue uno de los mayores espíritus críticos de la época publicando numerosos artículos, primero bajo el pseudónimo de el Duende y más tarde después de la muerte de Fernando VII como Fígaro, pero este incansable inconformista no superó la definitiva ruptura con Dolores, suicidándose con una pistola en su domicilio en 1837, a los veintiocho años.

Su melancolía se reflejaba en sus escritos:

"Por fin debía dejar la España, pero bien como el que se separa de una querida a quien ha debido por mucho tiempo su felicidad, no podía menos de volver frecuentemente la cabeza para dar una última ojeada a esta patria donde había empezado a vivir, porque en ella había empezado a sentir"

En su viaje aprovecha para visitar los ya famosos baños de Alange. Describe al hombre del pueblo, en Extremadura como indolente, perezoso, hijo de su clima, y en extremo sobrio, pero franco y veraz, a la par que obsequioso y desinteresado. Se ocupa poco de intereses políticos, y encerrado en su vida oscura, no se presta a las turbulencias.

De la carrera de Madrid a Badajoz, principal camino de Extremadura, nos escribe:

"es una de las más descuidadas e inseguras de España. En primer lugar no hay carruajes; una endeble empresa sostiene la comunicación por medio de galeras mensajerías aceleradas, que andan sesenta leguas en cinco días; es decir, que para llegar más pronto el mejor medio es apearse… "

"… suele haber ladrones, y entre otras curiosidades que se van viendo por el camino, […] los forajidos confiesan a los pasajeros, donde los pecados son el dinero y la vida, y donde un puñal hace a la vez de absolución y de penitencia. Niéguese a nuestro pueblo la imaginación. Otros países producen poetas. En España el pueblo es poeta. "

y esto es lo que nos cuenta sobre Badajoz:

"Sobre la orilla izquierda del Guadiana, al Oeste y a una legua de la frontera de Portugal, se encuentra a Badajoz, antigua capital de la Extremadura y residencia de sus reyezuelos moros. Esta plaza fuerte, cuyas fortificaciones ofrecen una rara mezcla de diversos sistemas de fortificación, ofrece al forastero en su mayor eminencia restos venerables de sus dominadores árabes: murallas, calles, casas y hasta torres enteras, revelan otros tiempos y otras costumbres al viajero. A la parte del río se ve el palacio llamado de Godoy. "

El palacio, aún hoy llamado, de Godoy fue el antiguo Palacio de los Calderón, remodelado casi por completo en 1795, que fue donado por la ciudad al "Príncipe de la Paz" Manuel de Godoy tras su visita a Badajoz en 1801, con motivo de las celebraciones y festejos realizados tras la su victoria sobre los portugueses en la Guerra de las Naranjas y reincorporación de Olivenza a España, aunque prácticamente no llegara a utilizar esta antigua casa solariega. A finales del siglo XIX acogió la cárcel de la ciudad que anteriormente se encontraba en un edificio adosado a la muralla al lado de la Puerta del Capitel.

"Por lo demás, Badajoz nada ofrece de curioso; ni una iglesia digna de ser vista, ni un cuadro en ellas de mediano pincel, ni una mala biblioteca, ni un colegio, ni un teatro, ni un paseo. No se puede llamar paseo a los árboles nacientes del campo de San Francisco, debidos al celo del general Anleo, ni al campo de San Juan, pequeña plazuela en medio de la ciudad, adornada de algunos árboles y bancos; ni teatro una especie de sala donde algunos aficionados, o tal cual compañía ambulante, dan de cuando en cuando sus originales representaciones. La alameda de Palmas está abandonada por malsana desde el cólera. El billar, el ejercicio de los urbanos en el campo de San Roque, la retreta y dos o tres cafés son las distracciones de la población. Hay una fonda llamada, si mal no me acuerdo, de Las cuatro naciones. Menos naciones y mejor servicio, puede uno decir al salir de ella.

La amabilidad, sin embargo, y el trato fino de las personas y familias principales de Badajoz, compensan con usura las desventajas del pueblo, y si bien carece de atractivos para detener mucho tiempo en su seno al viajero, al mismo tiempo le es difícil a éste separarse de él sin un profundo sentimiento de gratitud por poco que haya conocido personas de Badajoz y que haya tenido ocasión de recibir sus obsequios y de ser objeto de sus atenciones.

La costumbre que en todos los pueblos se conserva de blanquear casi diariamente las fachadas de las casas, les da un aspecto de novedad y de limpieza singulares: no hay edificio que parezca viejo; en una palabra, en Extremadura la casa es ser animado que se lava la cara todos los días.


Para pasar a Portugal se sale de Badajoz por la puerta de Palmas, y se pasa el Guadiana sobre un magnífico puente. No llamándome la atención nada en Extremadura, me decidí por fin a partir.

Era el 27 de mayo; el sol empezaba a dorar la campiña y las altas fortificaciones de Badajoz; al salir saludé el pabellón español, que en celebridad del día ondeaba en la torre de Palmas. Media hora después volví la cabeza: el pabellón ondeaba todavía; el Caya, arroyo que divide la España del Portugal, corría mansamente a mis pies; tendí por la última vez la vista sobre la Extremadura española: mil recuerdos personales me asaltaron; una sonrisa de indignación y de desprecio quiso desplegar mis labios, pero sentí oprimirse mi corazón y una lágrima se asomó a mis ojos.Uno minuto después la patria quedaba atrás, y arrebatado con la velocidad del viento, como si hubiera temido que un resto de antiguo afecto mal pagado le detuviera o le hiciera vacilar en su determinación, expatriado corría los campos de Portugal. Entonces el escritor de costumbres no observaba: el hombre era sólo el que sentía."

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente.

Anónimo dijo...

Muy interesante. Gracias por la dedicación.

Moisés Domínguez Núñez dijo...

Fernando impresionante, no se de donde sacas tiempo ,me he quedado "anodadado".

Te puedo pedir si tienes que expreses algo del año del desastre 1898 .

Saludos cordiales.

Seguimos adelante...

Pablo dijo...

Estoy interesado en adquirir una edición de este artículo de Larra. En qué editorial está publicado? Muchas gracias

Fernando de la Iglesia Ruiz dijo...

Puede usted encontralo fácilmente digitalizado en internet. Por ejemplo en Google libros:
http://books.google.es/books?id=xO0CAAAAYAAJ&hl=es&pg=PA3#v=onepage&q&f=false